«Los camioneros»

            Sentado de espaldas a la ruta y al camión robado y de frente al sol que rasante despedía el día, entornando apenas los ojos, prendió un cigarrillo. Y se puso a desandar el camino que lo había llevado hasta ahí, kilómetro a kilómetro. Veía en su cabeza las montañas apenas elevadas del piso, los primeros montes que se asomaban tímidos, la llanura. Más atrás, en distintos colores y velocidades, en distintos rostros y cuerpos, los autos y sus conductores, los camioneros y el miedo. Ahora él fumaba despacio y despacio exhalaba el humo; la brasa, puntero de su tranquilidad, se movía dibujando líneas en el aire. Él, mientras tanto, recordaba.

            Recordaba el miedo y recordaba que los latidos de su corazón, a medida que se alejaba del tiempo presente, de su fumar y del sol rasante, iban en aumento. Se alejaba del ahora y se ponía nervioso; se acercaba al momento crucial, desaparecían los primeros montes tímidos y la llanura insoportable se acomodaba en el paisaje. Y a su lado, los camiones, la muerte en tres ejes. Más atrás su corazón se inquietaba, su respiración se hacía más honda y entrecortada. Aparecía el sudor en las manos, el volante escurridizo, redondo, enorme pero escurridizo, las llaves bailarinas que eludían el contacto ahí, al lado del volante redondo. Él recordaba ahora y movía su brasa para pensar y decidir lo ya decidido, de espaldas a la ruta y al camión robado, mirando el sol cada vez más rasante entornando apenas los ojos.

            Recordaba el correr desesperado, con pasos rápidos y, en el ripio siempre resbaloso, los tropiezos. Su campera inflándose contra el viento para ver el camión al que correspondían las llaves que acababa de conseguir, ya ni tenía idea de cómo, ni por qué, ni qué hacer. Se alejaba del sol rasante y de su brasa; se acercaba su sol rasante al cenit en el cielo. Cruzaba la puerta golpeándose contra el canto, llevándosela por delante, necesitaba salir de allí lo antes posible, recuperarse, hacerse la vida que casi se le escapa en un segundo, salir de ahí para poder. O la muerte. Atrás de él, los testigos, los camioneros, levantándose de sus sillas, el sonido del metal barato crujiendo contra el piso, ellos levantándose, él teniendo que correr. Los miró a todos en un movimiento rápido, los abarcó en una sola toma en su memoria. Ahora la brasa se hacía más brillante cuando chupaba de su cigarrillo, mientras el sol era sólo una tajada naranja allá en el horizonte.

            Recordaba el cuchillo al salir del estómago del tipo, del camionero ése, lleno de sangre bordó, y la mano del hombre, del camionero ése, temblando roja en el aire. Había sido una puñalada justa, impecable, de manual. De abajo hacia arriba. Rodeado de miradas congeladas en ese restorán mugroso, que aunque congeladas estaban perfectamente atentas a la escena, él miraba al tipo, se llevaba el último ruego de vida de sus ojos. Enormes, negrísimos, los ojos estaban sorprendidos, sorprendidos por el frío del cuchillo. Había sido, recordaba ahora mientras encendía su segundo cigarrillo de espaldas a la ruta y al camión robado, el contacto visual más intenso de toda su vida. Sólo por las llaves. Sólo por llevarse ese camión al que ahora le daba la espalda, de frente a un sol que dejaba su reflejo de colores en el cielo, porque ya no existía.

La noche llega ahora y él, en la oscuridad más absoluta, los espera.

            Todo es negro, todo, menos la brasa del rojo más rojo, que dibuja líneas en el aire. Los espera porque no puede dejarlo así. Mató un hombre, le sacó un cuchillo, la sangre, el camión, delante de los camioneros, que son camaradas, que son hermanos, que son asfalto. Se convirtió, en un instante, en infame portador de la muerte, en perseguido. Cada vehículo que pasa ahí, a sus espaldas, y que él no ve, porque está de espaldas y porque todo es negro, todo, cada vehículo que pasa por ahí lo hace transpirar y dudar. Pero él disfruta esa tensión, esa tensión con mezcla de motor y ruedas contra la ruta y velocidad, la música de algo pasando, soplándole la nuca. Y al pasar, otra oportunidad de vida, unos minutos más, apenas, un cigarrillo más. Otra brasa que dibuja líneas en el aire.

            Ellos se levantaron, furiosos, salvajes, de sus sillas que crujieron contra el piso, ellos lo miraron y lo sentenciaron a muerte, mientras él apuñalaba al tipo, al camionero ése; el de los ojos negros como todo lo que es negro, todo, como si ahora la noche lo rodeara con su mirada, lo espiara. Fuma él, sentado, rojo más rojo, espera. Los camioneros lo van a encontrar. Él lo sabe. Ellos vencieron, desde el principio. Vencieron mirándolo todos, espantados e insultados, mirando a un cobarde matar a uno de sus compañeros. Vieron el cuchillo bordó, se quedaron en silencio y se fueron levantando de sus sillas. Las sillas crujieron. Iban a matar a ese cobarde. Él espera espiado, chupa de su cigarrillo, rojo más rojo.

            En algún momento, cuando él abrazaba el volante redondo y ensangrentado, cuando debajo la cinta negra que es la ruta pasaba y cuando arriba el celeste del cielo lo cubría, cuando lo rodeaban algunas montañas, en algún momento decidió frenar, bajar a la banquina y estacionar su camión robado, todavía con las manos manchadas de sangre ajena. Lo estacionó, bajó, se sentó y miró el atardecer. Su vida no duraría hasta las estrellas, pensó en algún momento, fumando. Pero duró. Frenó porque lo iban a encontrar, porque están ahí, los camioneros, que son fantasmas, porque los odia.

                 Ya muchos cigarrillos fueron, muchas líneas en el aire. En la negrura amenazante, en esa noche que lo mira desde algún lado, aparecen luces fugaces que lo buscan, destellos repitiéndose, brillos. A sus espaldas, de espaldas a la ruta y al camión robado, ahí, hay una presencia. Hay muchos pasos, se oyen contra el pasto, son pasos tranquilos, son seguros. Él, rápido, amenazado, busca esas piernas, esquiva las luces. Una brasa, encendida, roja y cenicienta, una brasa cae al suelo. Nadie. Nada. En la negrura amenazante, en la quietud, ha desaparecido incluso la ruta, ha desaparecido su camión robado, ha desaparecido. En la oscuridad no hay nortes. Busca, mirando hacia abajo, en algún lado, su brasa roja cenicienta. Y luces otra vez. Destellos repitiéndose, brillos que lo buscan.

               A un costado, o delante de él, o a sus espaldas, en algún lado, están estacionados. Son las sombras de muchos camiones, de muchos fantasmas. Sus faros, obstinados, se prenden y se apagan rítmicamente. Sus dueños aparecen y desaparecen. Son siluetas negras, que lo rodean. Son ojos, son hombres, son camiones y camioneros, son noche y lo rodean. Vienen hacia él, aparecen y desaparecen. Sólo escucha sus pasos, sobre el pasto, pasos quietos, muchos pasos. No hay ya ruta, no hay camión robado, no hay nortes, está él solo, junto a fantasmas y él, desesperado, no termina de contar las siluetas, cuando alguien, desde esas siluetas oscuras, alguien dice:

– Hijo de puta.

            Y le pega un tiro.

¿Será imposible?

El lunes 29/06 salió una nota en InfoBae: “Las ‘violencias’ y la escuela secundaria” (http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2015/06/29/las-violencias-y-la-escuela-secundaria/). La autora, Adriana Lara (@adrianadice), reflexiona en torno a la llamada “crisis de autoridad” en las escuelas, y cómo las múltiples violencias sociales que nos atraviesan generan un ruido a través del cual es dificilísima la comunicación.

Se entiende, claramente, que no hay acto educativo, o construcción del conocimiento, sin comunicación.

Enumera una serie de problemas que el docente debe afrontar, y que son las variables que constituyen las violencias: la discriminación, la violencia verbal y física, la venta y el uso de drogas, el alcoholismo, la desidia, el sufrimiento, el abandono y la soledad. Es irrefutable, añadiría algunos más, pero sería correr el riesgo de la redundancia.

El resultado, plantea, es que a fin del tránsito los alumnos tengan dificultades de comprensión de texto, o de razonamientos lógicos.

Acá me permito añadir una muy pequeña digresión: la de que en la escuela educamos en saberes socialmente validados, construidos históricamente. Tengo una buena cantidad de alumnos que son bilingües castellano-guaraní, que es un saber específico de un pueblo, pero está claro que a la mayoría de la población argentina le importa un cuerno que alguien hable guaraní. Es un idioma que, socialmente, es inválido. Esto es sólo un ejemplo. Otro lo constituye la constatación de que los chicos pueden hacer una operación matemática, en muchos casos, pero desconocen la lógica de “la cuentita”. Yo mismo nunca aprendí a dividir con “la cajita”: divido todos los días, varias veces, pero jamás hago la cuenta gráficamente. Si no me sale con la cabeza, calculadora.

Esta digresión viene a complejizar un poco el tema del saber/no saber: es cierto que es inaceptable que les cueste tanto establecer una comunicación en un lenguaje común –pues para eso existen las reglas ortográficas, gramaticales, etc.–, porque no lo han aprehendido. Pero también me pregunto si les estamos enseñando a pensar. No digo que no lo estemos haciendo, simplemente me pregunto qué tan efectivos son nuestros esfuerzos. A juzgar por los resultados, no mucho.

Continúo.

La autora, docente de una escuela de la provincia de Buenos Aires, pone en cuestión la idea de que se producen actos de discriminación o juzgamiento a los códigos, la vestimenta, el lenguaje coloquial, los consumos culturales de los chicos, y está claro que estamos hablando de chicos de sectores populares, clases bajas, pobres, como gusten llamarlo. Para mí esto existe. Pero no sólo existe en la imagen fantasmagórica de un docente maligno que detesta la visera (“gorra”, para los pibes, es la policía): existe en nosotros mismos. Y ahí es donde yo cuestiono la uniformidad de un “nosotros” que comprende a toda la comunidad educativa. Los docentes, en su enorme mayoría, hemos recibido una educación ilustrada: tenemos nuestro título, validado por siglos de pensamiento occidental. Incluso quienes tenemos una matriz de pensamiento más crítica, conllevamos las prácticas, los códigos, las maneras, de ese formato ilustrado. Ningún docente puede evitar sentir una sensación de otredad frente a chicos que tienen un recorrido familiar completamente desligado de la reflexión intelectual y de las instituciones educativas superiores, que tienen una tradición bastante larga de trabajo manual, muchas veces rural, sobre las espaldas de sus ancestros, y en muchos casos viven en barrios con lógicas radicalmente diferentes a nuestras calles. ¿Cómo no sentir otredad frente a un chico de 13 años abandonado a su suerte en una villa, que debe adquirir modismos brutales para, simplemente, sobrevivir, en ausencia de una referencia adulta en su casa?

Y así con todo: cada actor de la comunidad –familias, auxiliares, preceptores, conducciones, funcionarios ministeriales, docentes, alumnos– está compuesto por una diversidad increíble de prácticas, relaciones frente al trabajo, frente a la tarea de educar, frente a los chicos que insisten en no sacarse la visera para cantar la Canción de la Bandera, a pesar de que la vicerrectora les diga que es una señal de respeto que, en lo concreto, no figura en ningún reglamento.

Uno de los problemas –en el sentido de desafío y punto de partida, no de camino obturado– es esa diversidad que queda escandalosamente al descubierto a partir del colapso neoliberal y la descomunal cartera de miseria que trajo aparejada. A esto se le suma la obligatoriedad de la escuela secundaria, corolario de un recorrido que se remonta a 1983 y que ha incorporado a la escuela a públicos que antes estaban afuera. Esto, desde ya, es sólo el inicio: las críticas que denuncian que la inclusión es un espejismo estadístico adolecen de una propuesta superadora. Sí, hasta ahora es sólo número, ahora hay que llenar ese número de contenido.

La autora encara la conclusión de su artículo con

“Se preguntarán cuál es para mí la mayor de las violencias que se dan en la escuela. Es la imposibilidad de enseñar y aprender en forma plena. La ineptitud e ineficacia de los adultos para resolver el problema del “ruido”que impide que los chicos aprendan y que todos trabajemos en condiciones dignas en muchos sentidos. La indiferencia de una sociedad que ha abandonado a sus adolescentes y les ha inculcado la falsa creencia de que el conocimiento no sirve, de que toda figura de autoridad, todo orden, todo método es algo despreciable. Que únicamente se puede considerar escuchar lo que dice un docente bajo la forma de castigo.”

Suscribo, y creo que se queda corta acerca de los problemas que tiene la escuela por lo cual se produce ese ruido. Finalmente, demanda “políticas educativas realistas”. La única política educativa realista es la que llene de fondos las escuelas: esencialmente, equipamiento tecnológico, personal interdisciplinario para abordar las problemáticas sociales de los alumnos, campañas de inscripción, sistemas de incentivos artísticos, científicos, deportivos, a los alumnos, aumento exponencial de los salarios docentes y no docentes, solución inmediata de los problemas de infraestructura; hacer de cada escuela, en definitiva, un centro cultural monumental.

No va a suceder. Los dos candidatos a presidente con chances de ganar han dado sobradas muestras de desprecio hacia la educación, privilegiando campañas ostentosas con fondos públicos por sobre un par de horas para un cargo de referente de alumnas madres. Descuentan cada centavo destinado a mejorar la contención de los alumnos, para pagar cientos de millones de pesos en carteles, spots, globos, jarras térmicas y prácticas clientelares ancestrales.

A esto se le suma el problema de la alienación docente, y aquí es donde no puedo evitar incluir el Manifiesto que varios docentes de un Colegio de CABA –seguramente mucho más privilegiado que el promedio de las escuelas del conurbano– que recibe a chicos de la villa 31 (https://manifiestodocente.wordpress.com/).

Sin un Estado que se dedique a inundar la escuela con fondos en recursos materiales y humanos, sin una reflexión profunda sobre la alienación que sufrimos todos los días, será imposible transformar la educación.

SERÁ IMPOSIBLE.

Segunda carta abierta al Ministro de Educación de la CABA

El Ministro de Educación de la CABA, Lic. Esteban Bullrich, comparte una nota hecha a la rectora de la Escuela Normal Nº 2 «Mariano Acosta», Prof. Raquel Papalardo, donde ella denuncia algunos problemas en torno a la toma de esa institución por parte de los alumnos.

El Ministro sólo atina a hablar de la democracia, del diálogo sin prejuicios y condena la violencia como forma de protesta.

Sr. Ministro, nadie en su sano juicio puede reivindicar la violencia como forma de protesta en el marco de una democracia.

Lo que usted, Sr. Ministro, no menciona son los problemas estructurales que llevaron a las tomas. Enumero algunos, sólo algunos, para que nos demos una idea de un Estado que incrementó su gasto en publicidad oficial un 400% del año pasado a éste, pagando con nuestros impuestos la campaña del candidato a Jefe de Gobierno oficialista, en detrimento de áreas sensibles como la educación.

PROBLEMAS ESTRUCTURALES
– Inconvenientes de calefacción en pleno invierno
– Falta de agua recurrente
– Problemas edilicios graves: caída de techos, humedades estructurales, falta de mantenimiento general en pintura, vidrios rotos, bancos rotos, falta de insumos de limpieza, etc.
– Falta de salidas de emergencia.
– Falta de ascensores o sillas especiales para personas con movilidad reducida.
– Falta de aulas para la NESC, que implicará una modificación de los horarios escolares y exige más espacios.
– Falta alarmante de personal de apoyo socio-educativo para atender los conflictos emergentes de la desesperada situación social de muchos alumnos.
– Falta de celadores de comedor y personal administrativo en las escuelas primarias.
– Falta de bibliotecas actualizadas e informatizadas.
– Falta de jardines de 45 días a 4 años.
– Computadoras obsoletas para realizar la tarea administrativa. Falta de scanners. Falta de cartuchos de tinta. Falta de impresoras color. Falta de WiFi abierta.
– Reemplazo de sistemas de ventilación viejos pero en funciones por ventiladores descartables que se rompieron a la semana.
– Pago a destiempo y en negro de parte del sueldo docente.
– Complejización de la burocracia para proyectos extracurriculares, que se pagan en negro, y producen demoras.
– Ausencia de un sistema de incentivos -científicos, deportivos, artísticos- por parte del Estado a los alumnos.

A estos problemas, que son sólo algunos, se debe sumar toda la problemática de la NESC -además de lo ya mencionado sobre la falta de espacios-, fundamentalmente relacionada con la inestabilidad laboral de los docentes.

Sr. Ministro, usted denosta la actividad política en las escuelas. Sí, es cierto que hay alumnos militantes y muchos partidos políticos participan activamente dentro de las instituciones. Desde mi perspectiva personal, es parte de la democracia: celebro que así sea, y así como hay representantes de partidos trotskistas y peronistas, considero que sería incluso muchísimo más fructífera y enriquecedora la presencia de jóvenes PRO que se identificaran como tales, y defendieran su IDEOLOGÍA -que bien que la tienen-. Como también me parece central la postura de estudiantes independientes que deciden no realizar militancias partidarias. Lo que yo le pregunto, Sr. Ministro, es lo siguiente:

¿REALMENTE CREE USTED QUE LA ESCUELA PÚBLICA DE CABA NO TIENE PROBLEMAS ESTRUCTURALES GRAVÍSIMOS, ARRASTRADOS DE AÑOS, QUE DEBERÍAN HABERSE SOLUCIONADO HACE MUCHO TIEMPO? ¿NO CREE QUE ESE PERFECTAMENTE LÓGICO QUE LOS ALUMNOS, Y TAMBIÉN LOS DOCENTES, ENCAREN MEDIDAS DE PROTESTA MÁS VISIBLES PARA POSICIONAR ESTOS RECLAMOS EN LA AGENDA PÚBLICA, MIENTRAS SE GASTAN FORTUNAS INGENTES EN LA CAMPAÑA ELECTORAL? ¿NO CREE LÓGICO QUE MUCHOS DE NOSOTROS TOMEMOS COMO UN INSULTO Y UNA MUESTRA DE IGNORANCIA ESCANDALOSA JUSTIFICAR LA INACCIÓN ESTATAL PORQUE UN GRUPO DE ALUMNOS CRUZAN LÍNEAS QUE NINGUNO DEBERÍA?

Por último, Sr. Ministro, usted habla de diálogo pero se niega a responder las cartas que le dirijo, ninguneando no sólo el tiempo que invierto en interpelar a mis representantes y a mis jefes, sino también faltando a su palabra y a su discurso falsamente conciliador. Por las dudas, por si se le pasó, le dejo el link abajo.

https://chemendele.wordpress.com/…/carta-abierta-al-jefe-d…/

Asimismo, repito lo dicho en la anterior carta: puede encontrarme en el Colegio 2 DE 1º “Domingo F. Sarmiento” todas las mañanas excepto los martes, y todas las tardes excepto los jueves y viernes, en Libertad 1257.

Pero muchísimo más importante sería que deje la demagogia vetusta que lo equipara con las tradiciones políticas que su partido dice venir a cambiar -por no mencionar las prácticas clientelares ancestrales como pagar $ 300 por votos en la Villa 31-, y se dedique a dar discusiones reales y respuestas a un sistema que cruje.

Prof. Manuel Jerónimo Becerra – Ficha censal 450.535

Carta abierta al Jefe de Gobierno de CABA y a su Ministro de Educación

Al Jefe de Gobierno de la CABA Mauricio Macri, y su Ministro de Educación, Esteban Bullrich: trabajo en el Colegio 2 DE 1º «Domingo Faustino Sarmiento». Soy docente de Historia, Geografía y Educación Ciudadana.
Vengo estudiando Historia, con interrupciones, desde 1998, y a partir de 2004 ininterrumpidamente. Soy Profesor de Enseñanza Media y Superior por el ISP «Dr. Joaquín V. González», y estoy escribiendo mi tesis de Maestría en Historia en la Universidad Nacional de San Martín. He estudiado a Karl Marx, a Milton Friedman, a Ernesto Laclau, a Tulio Halperín Donghi, a José María Rosa, a Waldo Ansaldi, a Eric Hobsbawm, a José Luis Romero, a Marcos Novaro, a Daniel Azpiazu, entre tantísimos otros. Los sigo estudiando, a ellos y a muchísimos hombres y mujeres de una enorme capacidad intelectual que siguen reflexionando sobre nuestro pasado, algunos de ellos de mi propia generación.

El relato historiográfico en particular, y el de las llamadas Ciencias Sociales en general, se construye a partir del cruce de diferentes posturas y debates ideológicos, que van dejando, con el correr del tiempo, sustratos de «verdad», por llamarlo así. Y esos debates, muchos de ellos surgidos al calor de los conflictos sociales que nunca cesaron, han sido imprescindibles para poder conocernos como humanidad, para comprender nuestros comportamientos sociales y las esperanzas y mezquindades de diferentes grupos y procesos.
Ustedes, Ing. Macri, Lic. Bullrich, son hijos de ellos, y de la interpretación que se hace de ellos.

¿O acaso Durán Barba no considera a Adolfo Hitler «un tipo espectacular»? ¿Qué grado de ideología hay en esa frase, reproducida y banalizada hasta el hartazgo? ¿Qué ideología cargaba Hannah Arendt cuando hablaba de la banalidad del mal?

Quería preguntarles, cómo hago, como funcionario del Estado del GCBA, para enseñar las materias que enseño sin ideología. Quería preguntarles si ustedes conocen algún tipo de didáctica especial «desideologizada», que sirva como agente neutro.

Quería preguntarles por la currícula de NES, que prescribe una formación en participación democrática, política, conciencia cívica, respetuosa a la diversidad, crítica. ¿No es acaso ideología? ¿Cómo construyo conocimiento sobre la Constitución Nacional desideologizadamente? ¿No fue un debate ideológico encarnizado el que mantuvieron Sarmiento y Alberdi al respecto? ¿No fue ideología lo que llevó al Estado nacional a sofocar los levantamientos de Felipe Varela, Chacho Peñaloza y Ricardo López Jordán? ¿Y los intereses económicos del Estado argentino en la Guerra Guasú, que masacró al pueblo paraguayo? ¿No hay ideología en la democracia con la que se come, se cura y se educa del Dr. Alfonsín? ¿No hay ideología en la más maravillosa música? ¿Y en los bombardeos del ’55? ¿Y en el Cordobazo? ¿Y en un presidente de facto diciendo que los desaparecidos no están, no existen? ¿Y en las relaciones carnales que un canciller de la Nación usó para describir una relación comercial?

¿No hay ideología, acaso, cuando el Papa Francisco postula que el cristianismo nunca consideró sagrada la propiedad privada, como sí lo establece nuestra Constitución Nacional, la misma que en su artículo 2º declara que el Estado federal sostiene el culto católico, apostólico y romano?

¿No hay ideología cuando el diario La Nación se declara como una «tribuna de doctrina»? ¿O cuando el diario Clarín dijo, el 27 de junio de 2002, que la crisis -y no la represión estatal- causó dos nuevas muertes? ¿O en el diario Página/12? ¿O en 678? ¿O en Jorge Lanata, Joaquín Morales Solá, María O’Donnell, en «Intratables»?

¿Dónde, en qué esfera de la sociedad, Sr. Jefe de Gobierno, Sr. Ministro, deja de operar la ideología, la postura ante un problema, el diagnóstico y las posibles soluciones a un tema de vivienda, de salud, financiero?

Y en definitiva, ¿por qué la escuela podría estar, en tal caso, ajena a eso?

No puedo, Sr. Jefe de Gobierno, Sr. Ministro. Mi compromiso con el conocimiento y con la educación, mi propia formación, mi praxis y mis esperanzas, me impiden permitirles ese planteo.

Hay colegios tomados, alumnos y docentes protestando. La educación pública, en la CABA, pero no sólo en ella, atraviesa crisis estructurales vinculadas al proceso de democratización del acceso, a la pauperización de la sociedad y, fundamentalmente, a la falta de respuestas del Estado y de la clase política a esos problemas. En las escuelas públicas de CABA no hay WiFi. En muchas, no hay gas en pleno invierno. Las computadoras están completamente obsoletas, con lo que la gestión administrativa se lentifica todavía más. Las iniciativas para informatizar se hicieron de manera tan desprolija y con resultados tan perniciosos que es inevitable pensar en una política adrede, para vaciar el sistema público, y de paso organizando contratos espurios con empresas proveedoras del Estado.

Ustedes deben saber perfectamente acerca de empresas proveedoras del Estado.

Me considero un militante de la educación pública, motivo por el cual tengo fuertes críticas a la gestión PRO no sólo a nivel educativo, sino también en términos sociales. Mis planificaciones, mis clases, mis ideas están abiertas no sólo a ustedes como mis superiores máximos dentro del sistema, sino también a cualquier miembro de la comunidad.

Los invito a venir a cualquiera de los salones donde con lxs alumnxs construimos conocimiento, para discutir acerca del rol de la ideología en la Historia y en las ciencias -sociales y duras-, y el rol del científico como ente subjetivo. ¿O acaso la bomba atómica fue un acto neutral?

Pueden encontrarme en el Colegio 2 DE 1º «Domingo F. Sarmiento» todas las mañanas excepto los martes, y todas las tardes excepto los jueves y viernes, en Libertad 1257.

Atentamente,

Prof. Manuel Jerónimo Becerra – Ficha Censal 450.535

Manifiesto docente por el derecho a la educación

La educación pública está en una crisis que tiene una multiplicidad de causas. Factores históricos vinculados a la desidia del Estado de las últimas décadas, políticas públicas con el firme objetivo de precarizarla y desfinanciarla, una opinión pública que se ha dejado ganar por el individualismo, por un lado, y la creencia de que la escuela es sólo un depósito de chicas y chicos, por otro, sumado a un mandato de rigor que la escuela supuestamente debe ejercer sobre áreas que la misma sociedad ha elegido descuidar. Todo eso nos lleva, como docentes, a pensarnos en una situación clave de nuestra historia, donde se combinan la pobreza emergente de la catástrofe neoliberal con una democratización del ingreso a la escuela, inédita en la historia argentina.

Sin embargo, una de las variables de la crisis educativa está relacionada con nuestra tarea docente. Un sistema que selecciona a puro cuantitativismo, que no toma en cuenta perfiles ni proyectos para las materias y las áreas, ha decantado en un cuerpo de funcionarios donde conviven voluntades inclusivas, democráticas, transformadoras y críticas, y personas que han abandonado su tarea, burocratizadas y, en algunos casos, emocional, psicológica e intelectualmente impedidas de tener a su cargo a menores de edad.

Entendemos y compartimos, en líneas generales, las críticas relacionadas con el abandono del Estado, la precarización laboral y la desidia social, que tienen que ver con nuestra tarea diaria. Pero parados en los principios del siglo XXI, también entendemos que es imprescindible comenzar a afinar aspectos clave de nuestra profesión, que tiene como objetivo de fondo la transformación de la realidad que nos rodea y agrede constantemente, sometiéndonos a desafíos profesionales y hasta emocionales.

Es por eso que lxs abajo firmantes, queremos dejar asentado lo siguiente:

  • Somos agentes públicos. Como tales, estamos sometidos a una línea jerárquica consagrada por la ley, con mecanismos de reclamo también consagrados por la ley. De esta manera, estamos a favor de un contralor por parte del Estado de nuestra tarea: estamos abiertos a someter a nuestras actividades a la observación y debate de los funcionarios que tengan tal potestad. El contralor, sostenemos, es indelegable del Estado, y no debería ser sometido a terceros (empresas, fundaciones extranjeras, etc.) que desconozcan la realidad educativa de nuestro país.
  • Nuestro rol, como docentes agentes del Estado, es garantizar el derecho a la educación de lxs alumnxs, conforme lo establecen las leyes, la Constitución Nacional y los tratados internacionales. Queremos dejar establecida la profunda diferencia que existe entre esta concepción y la que tiene como telón de fondo que lxs alumnxs son quienes están para garantizar nuestro derecho al trabajo. Esta postura se podría sintetizar bajo la tan escuchada consigna “Con estos chicos no se puede trabajar”. Debemos trabajar con la realidad que nos toca, y ante los desafíos que se planteen, siguiendo los protocolos correspondientes cuando haya situaciones que excedan nuestras posibilidades.
  • Lxs abajo firmantes, hemos mantenido desde el inicio de nuestras carreras intercambios, discusiones e intentos por mejorar nuestra enseñanza. Comprendemos que la capacitación es central, por lo tanto tenemos un profundo compromiso con la formación intelectual permanente. Condenamos la imagen del docente como un agente sabelotodo que considera completa su formación y, por lo tanto, no debe aprender nada más. Tenemos derecho y, de hecho, el deber de contestarle “no sé” a nuestrxs alumnxs si efectivamente es así. La historia cambia y con ella las realidades sociales y escolares. Ningún docente debe permanecer inmóvil ante un mundo en cambio; nadie que desista de estar informado y en búsqueda y curiosidad permanente debería permanecer en un aula.
  • Nos reconocemos falibles, con subjetividades individuales cruzadas por nuestro contexto histórico. Estamos abiertxs a la crítica de nuestrxs superiores, nuestrxs pares y los alumnxs, planteada en un marco de respecto y de forma constructiva, con el objetivo de mejorar la enseñanza para transformar la realidad de nuestrxs alumnxs. Creemos en el deber del docente de aprovechar su autoridad áulica para empoderar a lxs alumnxs en formas de reclamo de derechos, de diálogo, y de participación. Y cuando una discusión parezca obturada, se deben abrir canales alternativos.
  • Creemos en la imperiosa necesidad del trabajo en equipo. El mismo tiene que ver con cubrir las necesidades de nuestrxs compañerxs, complementarnos, debatir propuestas y formas de intervención de cara al acto educativo. No podemos trabajar bajo amenazas de sumario permanentes ante una observación didáctica, pues la fragmentación del trabajo genera un cuerpo docente incoherente –que es radicalmente distinto que diverso–, desarticulado, que termina perjudicando la construcción del conocimiento de parte de lxs alumnxs y sus docentes. Necesitamos espacio, escucha, tiempo y apertura mental para poder desarrollar nuestros debates en un marco cordial y en el cual, a pesar de las diferencias que pudieran existir, estemos todxs traccionando por un proyecto común.
  • Defendemos la escuela pública. La concebimos como un espacio diverso e inclusivo, que debe dar cabida a que todxs lxs chicos y chicas ejerzan su derecho a la educación. Exigimos de nuestrxs compañerxs que trabajan en ambos subsistemas –público y privado– una dedicación igual o mayor en la escuela pública, que tiene más urgencias y desafíos, que en la privada. Lo entendemos como un deber ético, comprometido con la sociedad en la que estamos insertxs, en un trabajo que es con otro al que debemos recibir, contener y que debe ser nuestro colaborador en la construcción del conocimiento. Un conocimiento vinculado con las tendencias de la producción científica, y alejado de las creencias individuales con saberes sin basamento racional, o retahílas de recursos memorísticos y decimonónicos.
  • Condenamos las defensas corporativas que llevan a defender lo indefendible: docentes agresivxs, inhabilitadxs profesional, emocional, intelectual o psicológicamente. Condenamos la concepción de la actividad sindical como defensa del privilegio de no trabajar, de no entrar a horario a las clases, de abusar de las licencias, de no intervenir en los conflictos de lxs alumnxs, de no atender sus demandas. Nuestro trabajo está relacionado con una actividad transformadora y empoderadora: en nuestros reclamos laborales siempre tiene que estar incluida la variable de lxs alumnxs. Nuestro trabajo es con y para ellxs.
  • Entendemos a lxs alumnxs como el centro del acto pedagógico. Nuestro quehacer, nuestras conductas como docentes, deben estar guiadas por el más alto respeto a sus derechos individuales y colectivos, sin establecer juicios de valor personales negativos ni entrometernos en áreas de la intimidad ajenas a nuestra profesión. Condenamos rotundamente los mandatos de género, religión, étnicos, nacionales que la sociedad impone, comprendiendo la singularidad de la edad de nuestrxs alumnxs y las complejidades de su proceso de crecimiento. Nuestro principal deber como docentes es, tal vez, que lxs alumnxs aprehendan que ellxs son lxs protagonistas de la escuela, que la escuela existe por ellxs y para ellxs, y que nosotrxs somos funcionarixs del Estado que lxs acompañan en un recorrido de construcción científica y valoración del respeto a la diversidad.
  • Nadie puede exigirle a lxs alumnxs nada que los reglamentos escolares y los códigos de convivencia no obliguen. Ningún funcionario de la educación debe hacer menos de lo que esa normativa establece como deberes. Estamos a favor de la discusión y renovación de las normas, para darles un marco más plural y adecuado a nuestros tiempos, pero siempre dentro de nuestro deber profesional y el respeto de lxs alumnxs.
  • Debemos recuperar las luchas que se hicieron para conseguir concursos. La mejor forma de jerarquizar la profesión docente es mostrarnos como profesionales aptos para el puesto que ocupamos, dando el ejemplo permanentemente, pues las clases son dentro del aula pero también fuera de ellas. Comprometernos éticamente con nuestro trabajo es no dar lugar a condiciones que la clase política de turno puede aprovechar para desfinanciar la escuela pública: el no trabajar, el estafar a nuestrxs alumnxs y al Estado, es la mejor excusa que buscan ciertos detentadores el poder político para, eventualmente, clausurar la escuela pública, dejando sin educación a lxs alumnxs, y sin trabajo a nosotrxs. Volver a ponerle el cuerpo a la tarea diaria es la mejor –y tal vez la única– forma de preservar nuestra fuente laboral. Defendemos las conquistas que hacen a las condiciones materiales, y nos sumamos a las luchas que se hacen por mejorarlas, pero no alcanza con eso para garantizar una tarea transformadora y significativa.
  • Somos docentes y ése es nuestro trabajo. Vamos a la escuela a buscar sustento, pero nos mantenemos allí para ser felices y construir un mundo más feliz colectivamente. Por esto, decimos no al trabajo alienado: la docencia no puede admitir las rutinas repetitivas, automáticas y desfasadas de sentido pedagógico. No ocuparse del sentido, es alienarnos en nuestro trabajo.
  • Vivimos a caballo de un cambio epocal que nos impone la construcción de nuevos saberes, y una nueva forma de articular el conocimiento científico, la afectividad propia del vínculo docente-alumnx y su inserción social. Debemos trascender lo escrito, a través del diálogo, el debate, la participación, el respeto.
  • Creemos que una nueva forma de comprender la tarea docente debe ser colectiva pero no corporativa. Es por eso que invitamos a todxs aquellxs docentes que sientan una reacción de extrañamiento frente a las peores tradiciones de la escuela, frente a los reflejos más mezquinos de compañerxs que han decidido apropiarse de una parcela del Estado para trascender en el mercado laboral y nada más, a firmar este humilde manifiesto, a agregar ideas, posturas y discusiones, a viralizar, a transformarlo en una pieza artística, a transformarlo en poder.

Colectivo de docentes del Colegio 2 DE 1º “Domingo F. Sarmiento” (CABA) por el derecho a la educación.

Mayo 2015

El fútbol como anacronismo histórico

El neoliberalismo llegó hace rato. Viene destrozándolo todo. Un día, copó el fútbol, y la AFA se transformó en un gran señorío feudo-vasallático donde los bellatores tenían libertad de acción, en nombre del folklore del fútbol encarnado en el gorro-bandera-vincha-aguante-cantito con trompeta.

La AFA, ese gran señorío feudo-vasallático se mantenía gracias el negocio monstruoso que le fue reportando el fútbol, y su rol de mediador con una clase política que siempre necesitó de esta maquinaria. Las clases políticas sacan del fútbol:

  • Fuerzas de choque
  • Pantalla
  • Plataformas de visibilización
  • ¿Lavado de dinero de socios incómodos?

El neoliberalismo copó el fútbol al dejarlo librado a las lógicas de esa relación AFA-guita sucia-Estado: un status quo permanente, para el pan y circo más grande del mundo. No innovar, no vaya a ser que se caiga un negocio del que –en rigor material– sólo disfrutan algunos jugadores, los representantes, los políticos y una sarta de grandes empresarios inescrupulosos (como si hubiera otra clase). ¿Qué empresarios? Mediáticos (gracias, gracias Marcelo), de empresas de seguridad, por mencionar sólo dos.

O sea, no hubo nunca una intervención estatal sobre la conflictividad creciente del negocio futbolístico, manejado por patovicas en sociedad con ladrones de guante blanco. Si el desastre neoliberal que arrancó en 1976 iba llevándoselo todo puesto, creando desigualdad, miseria y espanto por un lado, y una elite de millonarios (invisibles unos, faranduleros otros) corporativistas por otro: ¿quién pudo haber pensado que el fútbol, que es un fenómeno popular de millones de dólares, iba a quedar indemne? Nadie pensó, ni lo uno ni lo otro: los grupos de poder no acostumbran pensar demasiado en las consecuancias sociales de sus actos. Mucho menos quienes se benefician: al empresariado argentino JAMÁS le importó un cuerno el bienestar general.

En una de ésas el tema es pensar las cosas de acuerdo al siglo en que vivimos, o pensando más allá de él.

«Los mismos»

Eu própio sou aquilo que perdi….”

                                                                         Fernando Pessoa

Concesionaria, sonrisas, venta. Primer papel para firmar, segundo papel, tercer papel. Muchos papeles, muchos papeles con mi firma que irán a parar a un legajo que nadie va a mirar en años y que después, en alguna crisis del país o en alguna convocatoria de acreedores de la agencia van a tirar al tacho de basura, o quemar, o qué se yo. Papeles con mi firma, van a tirar. Compromisos de mi parte. Ahí está mi nombre, en uno de los papeles que dice que sí, que soy el dueño de ese auto marca Ford, modelo Focus, valor 35600 pesos. Motor marca Ford, número X, chasis marca Ford, número X. Color: rojo Córdoba. ¿Rojo Córdoba? Rojo Córdoba. ¿Cómo es el rojo en Córdoba? ¿Será el color de la tierra? ¿O la tierra roja es de Misiones? ¿Qué hay de rojo en Córdoba, si se puede saber? Rojo Córdoba. Papeles, papeles, la firma, las sonrisas, las llaves… las llaves. El fax del seguro (hay que salir asegurado, la seguridad del seguro que me asegura), un paso, dos, más pasos hasta el marca Ford, modelo Focus, rojo Córdoba.

Hoy voy a salir con la flaca, vamos a dar las vueltas inaugurales, hoy nos vamos de joda con la flaca. Ella está contenta, tiene para decirle a su papá que su novio ya tiene auto. Su papá va a asentir mientras se mete más colesterol en el bobo y se acerca más al reviente. Que reviente, el viejo, si me tengo que comprar un marca Ford modelo Focus rojo Córdoba para que su nena esté cuidada. Vamos a salir, vamos a ir a un telo caro por Palermo, una vez fui a uno por ahí… me salió como ciento cincuenta mangos, pero lo valía.

La rampa da a la avenida y voy tranquilo. Anda lindo, ni se siente. Voy como en una cápsula, no hay ruidos de afuera, no hay calle debajo, voy flotando sobre el asfalto mal parido de Buenos Aires. La próxima vez voto en blanco, cada vez que voto empeoran el asfalto. Despacio los pies jugando con los pedales, suaves mis manos sosteniendo el volante que obedece como un milico bien entrenado. Apenas lo muevo, se mueve el modelo Focus. Apenas. El asiento parece una butaca de cine, me falta la lata de Coca y los pochoclos. Piso el acelerador en la 9 de Julio, la desafío un poco, a la máquina. Se trepa la adrenalina en mi estómago, se trepa más, más,

*

mis manos acarician un círculo de cuero rígido. Yo, dentro de una estructura multiforme sostengo esa rueda de cuero. Sobre mí, sobre mi cuerpo, capas de ropas, varias capas de ropas, azules, varias. Todo esto en un entorno de movimiento apacible y rítmico, con un rumor lejano e indeciso que podría hacerme dormir.

Se saborea un religioso silencio, aquí adentro.

Paneles de cristal me separan del afuera. Sobre ellos, sobre sus leves curvas se proyectan, reducidos, los reflejos de carteles externos. Son reflejos fieles. Al igual que sus patrones, nacen, crecen, estallan, vuelven a nacer. Los cristales están fríos; son transparentes, de una superficie serena al tacto, como si no estuvieran, como si su objetivo fuera el no existir.

¿Será una trampa?

Afuera, frente a mí, luces en hilera. Una pista diseñada para que siga avanzando como hasta ahora. La hilera se pierde: allá, delante de todo, las luces se confunden sin llegar a ser una, son un enjambre que busca converger en un punto de fuga indefinible. Pero aquí adentro, frente a mí, hay otras luces que están ordenadas. Son números y dibujos vistosos, una aguja se mueve con eje en un radio y va y viene, y va y viene. No se decide por ningún número en particular. Otras agujas están fijas, otras sólo se mueven a veces. Agujas en convulsión.

El cielo atardece.

A mi izquierda, por sobre –o por detrás, según me engañe la perspectiva o no- de torres cuadriculadas descifro un cielo de rojo anaranjado dudoso, arriba mío, exactamente arriba mío hay un techo de felpa gris, y a mi derecha, también por sobre –o por detrás- de otras torres cuadriculadas un cielo opaco, azul oscuro. Y allí colgada, la Luna, un semicírculo ambiguo.

Debajo de la Luna hay otros habitantes.

No soy el único para el que fue concebida esta pista de luces en hilera. Otros habitantes enjaulados se trasladan hacia adelante como yo e inventan piruetas uniformes: todas bailan en una sola dirección. Sus rostros, detrás de sus propios paneles de vidrios y de los reflejos fieles de los mismos carteles exteriores, están tensos. Los ha seducido ese punto de fuga que tira de hilos invisibles atados a sus ojos. Y fuera de las jaulas, testigos del desfile, otros habitantes a la intemperie. Nos miran. No están felices con lo que ven, tampoco demuestran hostilidad. Simplemente están. De pronto, una habitante salida de ninguna parte está justo delante de mí, de mi jaula.

Golpe sordo.

Ella nunca abrió sus ojos para mí luego de que su cabeza rebotó sobre mi jaula, dejando allí una depresión fija. Después de hundirse en un material que no pudo atravesar, y al levantar el rostro como por efecto del golpe, me miró áspera. Sus ojos fueron cuñas que desbastaron la piedra. Fue un instante imperceptible bajo la Luna que ahora es un párpado semiabierto, blanco.

Formó con su cuerpo un arco exacto, pirueta inerte en el aire, mientras se alejaba de mí, de mi encierro y caía hacia atrás, de brazos abiertos y ojos cerrados. Ni siquiera miró al cielo por sobre ella cuando estuvo en el cenit de la figura que compuso en el espacio, siempre dormida y en calma.

Habitantes corriendo, gritando bajo la Luna.

Pude salir de mi encierro y fui a verla, entre voces alarmadas y más habitantes acercándose, unos estrepitosamente, otros más contemplativos. Hablaban y yo no podía entender, yo sólo quería verla, encontrarla entre todos ellos. Ella era diferente a los otros, ella había hablado con la mirada. Tenía una voz tibia.

Estaba viva aún, parecía dormir, tal vez estuviera desmayada. Aquel diálogo nuestro había sido muy breve pero a la vez tan intenso. Podía oír su respiración entre los gritos que nos rodeaban. Respiraba con algo de dificultad, como si hubiera obstáculos en el tránsito del aire desde ella y hacia ella, obstáculos muy pequeños, precisos y definidos. Su lecho era negro y rugoso: debía llevarla a un lugar donde estuviera cómoda, así que la alcé en mis brazos.

Su cuerpo era liviano, era una niña.

Sospeché que aquel punto de fuga primigenio, el destino de todos nosotros, no era el horizonte correcto, así que caminé hacia el lado contrario. Al principio habitantes me gritaban y trataban de detenerme, me empujaban, sin entender que la estaba llevando a un lugar mejor, desandando lo andado, buscando el momento anterior perdido en alguna parte. Ellos no entendían nuestra relación. Cuando los más enérgicos desaparecieron, mi caminata se hizo tranquila, algunas personas me observaban pero sólo eso. Acomodé sus brazos para que no colgaran inertes y pareció una criatura dormida en su moisés, hasta pudo engañarme con alguna sonrisa distraída.

Habitantes me observaban en silencio, yo les sonreía y agradecía en mi caminata. Eran testigos apurados que parecían interrumpir otra procesión para darme respeto, de pie al costado de los caminos, de pie en los puentes, de pie en otros caminos menos poblados. A medida que me alejaba del punto de choque, del momento en el que la niña y yo hicimos contacto, las luces se atenuaban y las sombras se extendían en superficie, las casas más bajas, el cielo más ancho, la Luna regodeándose.

Encontré una calle lateral y una luz que apenas se movía.

Al fondo de esa calle, casi lidiando con los pastos, o en medio de ellos, una mujer respondía al llamado de los perros en medio de la quietud. Los perros me olían, algunos saltaban, estaban alegres, pues así me miraban. Y esa mujer, anciana y pequeña, se mostró sorprendida y halagada con mi presencia y la de la niña. Lloró una, dos, tres lágrimas. Me abrazó y habló con amor, y recuerdos. Expliqué que traía a la niña desde lejos, y me ofreció un lecho con una vela, o luz muy tenue, en su cabecera. Entre los dos la acostamos y la cubrimos con mantas, dejándola

*

ahí, en la cama, al lado de la vela. Parece un ángel, pobre piba. La luz que a ella le pega en la cara me da sueño, porque es muy baja, y apenas se ve algo en esta habitación. Estoy de repente muy cansado. La piba tiene como costras de color marrón en los cachetes y debajo de la nariz, como sangre seca. Me oigo respirar de manera muy lenta, oigo ladridos de lejos. Arriba de la cama hay un estante con fotos. Estoy de rodillas, ¿a quién le estoy rezando, a la nena? Yo a la nena la conozco. Yo a esta nena la traje acá. La traje en mi auto nuevo, seguro, el Ford Focus rojo… me duele mucho, mucho la cabeza.

Me paso la mano por la cara y me acuerdo, mientras cierro los ojos, de la 9 de Julio, de las luces de la 9 de Julio… ahora esta habitación, con esta nena a la que yo traje. Oigo una voz por encima de los ladridos que se me acerca cada vez más a la nuca y me habla, me llama por mi nombre… ¿Carmen? Carmen. La siguen el Chico y el Roto, están distintos, están rengos, ahora les faltan algunos dientes. ¿Cómo harán para comer? Carmen me habla y la interrumpo preguntándole sobre el auto. Me dice que vine caminando cargando a la nena. ¿Cargándola? Sí, mi camisa tiene manchas de color marrón, sangre seca de la piba. ¿Qué le pasó? Carmen no sabe. También tengo manchas en el traje, el traje azul. Le grito a Carmen que me diga dónde está mi auto. Dice que no sabe, tiene miedo, se larga a llorar. Le pido perdón, pobre Carmen. Que me dé unas aspirinas para el dolor de cabeza.

Recorro la casa buscando no sé bien qué, me palpo, me falta el celular. Pido un teléfono a los gritos. Dónde hay un teléfono. Perdí el celular también. La pendeja está lastimada. ¿Quién la lastimó? Yo la traje. ¿Cuándo la traje? Carmen me dice que hará cinco minutos. Estoy molido, no tengo fuerzas. Me siguen el Chico y el Roto. Tengo que llamar a la policía, Carmen me dice que hace tiempo que la policía no entra más a la villa. ¿Villa? Esto es una villa, ahora. Tengo sangre de una nena lastimada, corro a verla, veo que respira. Está tranquila, pero respira mal. Hay que llamar a un doctor, algo. ¿No hay un solo doctor en toda la villa? Carmen sale a buscar a uno que es enfermero, dice. Chico y Roto me saltan alrededor. Mi auto. Iba por la 9 de Julio lo más bien, carajo, lo más bien. Y la cabeza que me mata. Yo solo al lado de la pendeja que vaya a saber uno qué le pasó. Me arrodillo, me largo a llorar. Me mandé una pelotudez, no sé bien cuál, pero me mandé una pelotudez. Me toco el traje y las partes manchadas están más duras que el resto de la tela. Me toco la camisa y lo mismo. La traje caminando. Me duele todo, más la cabeza, se me parte la cabeza por más que ya me tomé las aspirinas, me tomé tres. Voy afuera de nuevo y espero que Carmen vuelva con el enfermero, yo no sé cómo mierda salgo de acá ahora. La cagué, estaba bien y la cagué, iba por la 9 de Julio, las putas lucecitas de colores…

Carmen llega con un tipo que parece estar medio dormido. Trato de explicar lo inexplicable, me mira raro y vamos a la habitación. La ve, tarda veinte años viéndola, no sé qué carajo espera, después vuelve a mirarme y al final se arrodilla al lado de la cama. Chico y Roto lo olfatean, por ahí no le tienen confianza. A mí no me olfatearon, me saltan alrededor cuando los veo. El tipo apoya la oreja en el pecho de la nena y cierra los ojos. Se va a quedar dormido, le digo a Carmen. La nena respira y a veces como que sonríe, como riéndose de alguna travesura. ¿Estará soñando? Sí, dice el tipo dormido. No está grave, pero debe tener algo roto. ¡¿Debe tener algo roto?! Le grito a Carmen si es todo lo que puede decir, si es todo lo que puede precisar ese tipo de musculosa y panza de vino, que parece un chofer de fletes, o un cafishio de cuarta, cualquier cosa menos enfermero. Lo grito delante de él que está quieto en sus ojos chiquitos y no me dice nada, pero de repente me callo. Dice que tiene un celular, que va a llamar al que esté de turno en el hospital para que manden rápido una ambulancia, pero que cierre bien la boca y me deje de hablar pelotudeces. No tengo ganas de callarme la boca, pero lo hago. Llama, pregunta por alguien, se da vuelta y murmura. Habla de mí, está hablando de mí y no digo nada. La sangre en la camisa y el traje se sigue secando y la nena se sigue riendo. De qué carajo se está riendo si está en el medio de una villa, si la cagué, si yo mismo fui el que la traje acá, la metí en este quilombo. El cafishio barriobajero me dice que la ambulancia ya viene, que no me mueva, me pregunta quién soy, si el padre o qué. Le digo que no, y medio sonríe, disfruta que estoy hasta las manos, el hijo de puta, y me termina aconsejando que me haga pasar por el padre, por las dudas.

La piba tiembla en la camilla porque vamos a los pedos vaya a saber adónde, pero sigue dormida y se sigue riendo, como riéndose de mí y de mis trozos de presente perdidos, como si ella misma los estuviera escondiendo y jugara con mi desesperación, pensando que soy un tonto. La sirena está prendida, hace un ruido infernal que me destroza la cabeza, y acá adentro hay ruidos de metal contra metal que me ponen nervioso: nunca había viajado en ambulancia, parece una jaula hermética. Le paso una mano por la frente. Ya llegamos, le digo, por ahí me oye y me incluye en su sueño que le causa mucha gracia, se ve. Por ahí ahora mi voz está adentro de ella y repite el “ya llegamos”, “ya llegamos”… la cagué. La cagué a la Flaca, me cagué a mí, la cagué a esta piba, como sea que haya pasado. Carmen me dijo que me iba a llamar otro día, que pase a visitarla. De la nada sale el hospital y rápido cargan la camilla para adentro de la guardia. Es un hospital de esos públicos, lleno de gente, algunos están mal, con mucha sangre como la que yo tengo en la camisa.

Pido un cigarrillo, fuego y me lo fumo casi sin darme cuenta a la salida de la guardia, cuando viene un médico que me hace pasar a una cocinita. De paso se toma un café, dice, y me presenta a una mina que también está tomando café, la licenciada algo, es psicóloga, y a un tipo que es maestranza y lee el diario. Me explica que la nena está bien, que no le va a pasar nada pero que tiene que estar unos días más, que por qué no tengo obra social y qué hago ahí, porque yo parezco del tipo de gente que se puede bancar una prepaga. Le digo que soy el padre y que estábamos jugando en una plaza. ¿A la noche? Sí, a la noche, y se cayó, habíamos salido, le compré una bici hoy y quería estrenarla, y se cayó de la bici. Pero seguro sabe que invento, el tipo debe saber que estoy mintiendo, porque la piba tiene un par de costillas fracturadas y nadie se quiebra las costillas cayéndose de una puta bicicleta. Le digo que justo se dio contra un cordón, un golpe muy feo, le salía sangre de la nariz, de la cabeza,

*

como en un gran baño carmesí. Siento calor en mi mano derecha mientras dos habitantes, un hombre y una mujer, me miran pidiéndome respuestas; al tercero no le interesa. Mi mano derecha abraza un cuenco que contiene líquido negro y humeante y yo simplemente me detengo a mirarlo, a moverlo despacio, lo suficiente como para que el líquido no se vuelque, y luego disfrutar de su retorno a la calma. El líquido negro y humeante, con el correr del tiempo, siempre se calma.

Los dos habitantes no tanto.

Me hablan y mencionan palabras que significan dolor, dolor físico, dolor de un cuerpo en tránsito, dolor de un cuerpo en colisión. Recuerdo entonces, les recuerdo a ellos, el momento, el punto en el que vi cómo la niña, en un lugar específico del aire, en un momento pasado en la excusa del tiempo, sufrió. Y sufrió físicamente, sintió un dolor semejante al que uno de los habitantes intenta describir. Pregunto por ella, por la niña, estaba cuidándola con afecto. Lentamente las pausas de los habitantes son mayores y aparece el desconcierto. El hombre intenta acomodarse pero no lo logra nunca. La mujer intercambia con él una mirada de confusión y súplica. Ella está a mi izquierda, junto a unos artefactos grisáceos; el tercer hombre, más cerca de la salida de esta jaula opaca, me mira atónito, no entiende lo que digo, no entiende cómo lo digo.

El líquido negro vuelve a calmarse.

Ahora habla ella. Está más calmada, pero sólo en superficie, que el otro habitante, el que me enfrenta. Ella está perturbada y alerta, sus ojos la desnudan y yo no entiendo cómo los otros habitantes, parecidos y distintos a los que se suceden en el hueco de la salida con dirección indefinida, no lo notan. Ella, sin dejar de mirarme, se acomoda el pelo –está limpio, no como quedó el pelo de la niña y pregunto nuevamente por ella, quiero saber dónde la tienen-, luego se acaricia los dedos y los pequeños ornamentos que tiene en ellos, los acomoda y desacomoda. De pie ante mí cruza las piernas en posición casi inmóvil. Está gritando con sus gestos, aunque no comprendo si lo hace para mí, para el habitante que me enfrenta y ahora me mira en silencio, o para el tercer habitante del lugar, que no me ha sacado los ojos de encima desde que se asomó por detrás de los papeles que eran los muros de su mundo y que fue doblando en pliegues cada vez más y más pequeños.

Algo se ha transformado, el tiempo, o el espacio.

Ante las peticiones de ella vuelvo a explicar lo sucedido, hablo del lecho donde pude cuidarla antes de que me la arrebataran y les exijo verla, porque debo cuidarla cuanto antes y sanarla, porque la oía respirar con defecto mientras la tuve a mi lado. Ella me pregunta quién soy y respondo que lo más parecido a un padre, porque un padre debe cuidar, un padre debe velar. Deja su cuenco, parecido pero no igual al mío, a un costado y pide más precisiones. Vivo aquí, respondo. Vivo con todos ustedes. Y le digo mi nombre, le describo mi lugar de nacimiento. Ella carraspea y busca la mirada del habitante que me enfrenta, él mueve la cabeza. Amablemente, pero siempre alerta, ella se acerca, seductora, y me hace una petición. Sólo acepto irme a otro lado si puedo llevar mi cuenco conmigo. Ella sonríe. Es la primera vez que se relaja.

Cuando camino, el líquido negro se alborota.

Solo con ella, en una jaula más pequeña que el ruido casi no puede alcanzar, con la luz un poco más tenue, me pregunta todo de nuevo; me exige, con imperativa cortesía, que empiece por el principio, por mi pasado. Le cuento todo, le cuento de una omnipotencia inexplicable que me rodeó antes del momento del golpe, antes de mirar a los ojos de la niña. Y así voy eligiendo y detallando momentos de mí, pequeños y grandes, hasta llegar a mi cuenco con líquido negro y a las jaulas separadas por corredores sin fin poblados de habitantes con dolor en los ojos. Le digo que ella también tiene dolor en los ojos y no sólo en los ojos. Hay dolor en todo el lugar, hay cuerpos con daños latentes, hay mentes que sufren y otros que sufren por esas mentes que sufren. Los habitantes de los corredores están empañados por esa tristeza, por eso no hablan demasiado y se dirigen en línea recta y segura de un lado hacia otro del corredor, porque no quieren mirar a los costados, tal vez temen más desolación. Le pregunto por qué hay tanta desolación allí si está lleno de habitantes con buenas voluntades. Algo en ella se relaja, o se rompe, y de uno de sus ojos cae una lágrima transparente. A la vista la mujer no se muestra acongojada, es de fuerte corteza, pero por dentro algo llora.

Suspira en silencio mirándome.

Le pregunto qué puedo hacer por su dolor y le digo que tengo que ocuparme de la niña, que debo verla. Ella se ha sentado y me mira oblicua: estamos uno a cada lado de la jaula. Sólo puede decirme que la niña está bien y que no es necesario que yo me preocupe por ella, porque gentes de buena voluntad la están cuidando, aunque nunca como yo lo haría. Y comienza a hablar acerca del dolor, pero por más que añada palabras nunca podrá expresarlo como lo siente, y eso se le nota en las sílabas que elige con lentitud para hablar de enfermos, de médicos, de camillas, habitaciones y males. Son palabras que no logro significar pero que me recuerdan algo; como este lugar, que me trae muy vagas impresiones. Le contesto que aquí el dolor traspasa los cuerpos; que cuando cesa en un doliente se muda a otro y allí se apodera de su nuevo nido, pero en forma de recuerdo y de culpa y de impotencia. También le digo que no conozco otro lugar donde el dolor viaje tanto. Ella se me queda mirando y me pregunta por qué no tomo

*

mi café. Mi café da vueltas, vueltas y vueltas en la taza. Si me concentro bien puedo oírlo chocar contra las paredes de cerámica. Pero no puedo tomar mi café porque parece estar así, dando vueltas, hace un rato largo, lo suficiente como para que se haya enfriado. Sí, puede que se haya enfriado, que ya no esté tomable: hay que tirarlo. Pero no veo ningún tacho de basura en esta habitación, solamente una mina que me mira fijo, demasiado fijo, como si me mirara desde hace un rato largo, desde que se empezó a enfriar el café. Ella estaba en otra parte, yo conozco esa mirada, estaba en la cocina, al lado del médico, tomándose un café. ¿Y la cocina? Me contesta, de repente habla, porque antes no parecía hablar demasiado, que de la cocina pasamos acá para que yo pudiera estar más cómodo. ¿Cuándo? Además, no sé si estoy cómodo, tengo un dolor de cabeza terrible y la luz del velador me da fijo en un ojo, me duele mucho, mucho dolor. Ella me ofrece una aspirina y sigue callada, como esperando algo de mí. Me tomo la aspirina con el café y me doy cuenta de que sí, está frío. Pongo cara de asco y la mina apenas sonríe, fría, más fría que el café. Y me dice que por un momento parecí otro.

¿Otro?

Me explica que yo mismo le dije del accidente, que atropellé a la nena, pero que lo dije de una manera distinta… especial. ¿A qué nena atropellé yo? A la nena que está internada, sí, ella está bien ahora, se rompió una costilla pero no se hizo nada grave, ningún daño en el pulmón. ¿Yo atropellé a la nena? La sangre seca, la sangre de la nena, yo manejando por la 9 de Julio, las lucecitas de colores… Carmen. La ambulancia. La atropellé. No me acuerdo, por Dios, juro que no me acuerdo de haberla atropellado. ¿Por qué estoy acá? ¿Quién sos vos para decirme esto? ¿Cómo lo sabés?

Insiste con que yo se lo dije y pone cara más fría, sonríe pero no le creo nada, yo quiero que el médico me diga cómo está la nena y que no me venga con boludeces como que yo la atropellé. Me dice que yo mismo se lo dije, que yo le hablé de un punto de fuga, de un momento de choque, que estaba describiendo el accidente hace un minuto. No puede ser, yo no atropellé a nadie, quiero ver al médico y ella me dice que me tranquilice. ¿Cómo carajo me puedo tranquilizar, cómo piensa que me quiero quedar ahí encerrado con ella si me está acusando de algo que no hice? ¿Quién la mandó?

Me pide por favor que me calme, parece tener miedo. Yo tengo miedo, la puta madre, perdí mi auto y mi celular y estoy encerrado en un cuarto con una mina que me dice que pisé a una nena y me pide que le cuente todo de nuevo, desde que iba manejando.

La 9 de Julio, la felicidad del auto nuevo. Las lucecitas de colores. La casa de Carmen, el gordo que llama a la ambulancia, la ambulancia, el hospital, la cocina, ¿acá? Vinimos por el pasillo caminando, me dice muy normal, como si no hubiera pasado nada. ¡Pero yo no me acuerdo, no me acuerdo! Hay cosas que se borraron, aunque los puentes, la gente en los puentes… ¿Y si tiene razón? Si la atropellé en serio voy a ir en cana, no quiero ir en cana. ¿Cómo es ese otro? Más tranquilo, me dice, más… asombrado. No entiendo un carajo. Me quiero ir de ahí, me quiero ir a mi casa, hay que hacer algo por la nena. Llamar al seguro, primero de todo, si no quiero ir en cana. A esta hora no atienden, mañana, tengo que llamar mañana. ¿Pero y si me están mintiendo y yo sólo la encontré en la calle y la quise ayudar? Y de nuevo, yo mismo le dije que la atropellé, también se lo dije al médico.

Entonces tengo que llamar al seguro, no quiero ir preso, en la cárcel me van cagar a palos mientras no pueda defenderme, esos negros de mierda… la mina se queda mirándome. Tenemos que llamar a alguien, a algún familiar, yo no me puedo ir solo de ahí. Me va a dar el teléfono del gabinete psiquiátrico del hospital no sé cuánto, y tengo que llamar sí o sí, y no puedo manejar. La muy puta piensa que estoy loco, me quiere mandar con un psiquiatra, encima me psicoanaliza.

Ella es psicóloga, me dice, y está de guardia.

No va a avisarle a la policía justamente por lo que yo le dije, porque si ellos se dan cuenta de este pequeño… “desfase temporal y alteridad psíquica” puedo llegar a tener más problemas todavía. ¡Alteridad psíquica!, repito y me cago de risa en su cara. Le digo que yo no estoy loco, se lo grito, para que le quede bien claro, que se está aprovechando de mí, que quién carajo se cree que es. Dice que otra gente me escuchó relatando el accidente. Le grito más de lo que creo, sé que puede tener razón, que me pregunto cómo llegué de la 9 de Julio a lo de Carmen con una nena en brazos y cómo llegué de la cocina a esta habitación. Hay un silencio largo, muy largo y estoy lleno de miedo, de puto miedo, algo se me va, algo se me escapa y es mío. Le pido que me ayude. ¿Y si le tengo que contar al seguro lo que pasó y no me acuerdo de nada? Que pase mañana por el hospital a tal hora y por ahí entre ella, yo y la nena, que ya va a estar despierta, armamos algo.

Podemos, sí, llamar a mi vieja.

Apenas despierto, me miro al espejo y te veo.

Me mirás, me hablás y al escucharte tengo el miedo y la adrenalina de los nacimientos. Te descubre frente al espejo un rayo que llega y rebota, y enciende el día, para volver de nuevo al espejo, y así al infinito, ida y vuelta, ida y vuelta. Y no es tan grave reconocerme en cada uno de esos tránsitos, porque hay un sentimiento de hermandad y de pertenencia a un espacio compartido, a una carne compartida, de eso mismo trata la charla. Nos conocemos bien, desde siempre y para siempre, inevitables como el pasado, el mismo pasado, casi los mismos afectos. O los mismos, pero separados por una barrera de terciopelo que, en definitiva, no nos mata a ninguno de los dos. Cómo nos va a matar, me decís, con todo lo que nos une.

Mujer contra la corriente

En un curso que hice alguna vez, alguien habló de “grupos de poder” y “grupos de vulnerabilidad”. Unos eran los que tenían capacidad de ejercer discriminación –o, dicho más llanamente, para quienes la humanidad ha diseñado estructuras y tradiciones cómodas–, y otros los que podían ser objeto, justamente por esas estructuras y tradiciones, de discriminación. Allí armé mi propia definición de discriminación, en la cual ésta se produce cuando se da desde un grupo de poder hacia uno vulnerable, y no al revés (por eso si un cheto se siente “discriminado” por “negros”, no entiende nada).

Las mujeres eran uno de esos “grupos de vulnerabilidad”.

Para quienes estamos, por lo general, dentro de los grupos de poder –hombre blanco, adulto, heterosexual, instruido, sano, de condiciones materiales básicas satisfechas– es difícil establecer integralmente cómo es vivir estar dentro de esos grupos de vulnerabilidad. Pensar en ese otro –otra– es un ejercicio que nos debemos, a cada instante.

Pero las mujeres no sólo pertenecen a un grupo de vulnerabilidad en tanto tales, sino que además han sido el más ancestral, el menos contextualizado históricamente: a las mujeres se las ha ubicado por debajo de los varones, se les ha negado voz, se las ha invisibilizado, torturado y ridiculizado, se las ha hecho objetos de consumo, prácticamente en cada organización social de la historia humana. Y no sólo eso: todo ese destrato histórico está justificado por un sentido común patriarcal avasallador en el que –de alguna manera u otra, en alguno u otro momento– corremos el riesgo de caer.

Para muestra basta un botón: ¿por qué una institución descomunalmente masculina, cuyo poder lo tienen varones que no tienen permitido tener relaciones sexuales y que las condenan cuando se trata de la búsqueda del placer, tiene el derecho de decidir sobre los cuerpos de las mujeres, cuando se trata de debatir sobre el aborto? A ese punto llega el sentido común patriarcal.

Entonces, me pregunto:

¿Hasta qué punto somos capaces los hombres de comprender miles de años de subalternidad por parte de más de la mitad de los habitantes de este planeta?
¿Hasta qué punto somos capaces los hombres de comprender la complejidad de ser mujer en un mundo armado para los hombres?
¿Podemos entender el esfuerzo descomunal que vienen realizando las mujeres que luchan, que piensan, que buscan voz, visibilidad, atención, históricamente?

Es nuestro deber: el de, simplemente, saber escuchar nada más ni nada menos que a más de la mitad de la humanidad, ser compañeros, respetuosos. Es nuestro deber denunciar ese sentido común que las trata como a máquinas consumidoras de zapatos que menstrúan y limpian casas, y que además deben ser tetonas, culonas y estar fuertes para nosotros y que están locas y se odian entre ellas.

Mi homenaje, entonces, a aquellas que han trabajado el doble para obtener lo mismo o menos en búsqueda de la justicia, mi homenaje a las que cayeron víctimas de un mundo masculino, mi homenaje a las que todos los días trabajan para cumplir sus metas, las de sus afectos y las de sus movimientos, sabiendo que les cuesta el doble, sabiendo que, de seguro, están luchando contra la corriente.

2015 no es 1983 (II)

En un momento en que la democracia argentina parece tan sosa en su efectividad para resolver las injusticias, las figuritas presidenciables gustan de mirar al pasado y rescatar las opciones que a 30 años parecen épicas.

Cada presidencia que asumió desde 1983, lo hizo en términos refundacionales: Alfonsín, Menem, el matrimonio Kirchner. Incluso Rodríguez Saa, si me apuran, el presidente fugaz. El único que no lo planteó así fue Fernando De la Rúa. Pidió un helicóptero y se fue.

Para Macri y Massa (que a esta hora todavía se presenta como presidenciable, angelito mío), esa es –una vez más– la estrategia. Dos candidatos de derecha mal coacheados, uno de ellos con una estructura en ascenso (Macri no era nadie hasta que el Lole Reutemann llegó con su Lotus, y ahora la cosa cambia). Hablan de la “Nueva Argentina”, del “Futuro”, y los etcéteras que los llevan a plantear un discurso de ruptura con los 12 años de kirchnerismo. El único que no ofrece enteramente un discurso así es Scioli, por su siempre incómoda posición dentro del kirchnerismo, a la vez que gobernador de una provincia que no tiene Estado. Si catalogué a Lilita de uno de los especimenes más fascinantes del panorama político argentino, Scioli no se queda atrás.

Desde la oposición, entonces, Macri y Massa aparecen representando la ruptura. Como Alfonsín, el Santo de la Constitución, en el 83. Queríamos tanto a Raúl. Lástima que ni se enteró, porque lo puteamos desde el 85 al 89, muchas veces con sobrados motivos, otras por capricho adolescente. Pero de seguro, los padres políticos y empresariales de nuestros candidatos (en el caso de Macri, esto es literal) se encargaron de armarle un lindo féretro al padre de la democracia para que se fuera en el 89 convertido en un muerto político.

Pero esto forma parte de la hipocresía política argentina. Mi idea hoy es otra.

Por qué no se puede comparar la ruptura que se produciría en diciembre con la asunción de Alfonsín, a ver, sabelotodo.

Raúl Alfonsín supo interpretar de manera muy acertada las demandas sociales del 83. Violaciones a los Derechos Humanos, fundamentalmente, pero también un país con una economía sumida en el caos y la catastrófica derrota argentina en su única guerra del siglo XX. Alfonsín tuvo algunos elementos clave como ventaja:

  • Su recorrido durante la dictadura militar lo llevó a denunciar las violaciones a los Derechos Humanos, e incluso ser una de las pocas figuras políticas que se opuso a la Guerra de Malvinas.
  • Había fallecido su principal rival en el partido, Ricardo Balbín, que a su vez era el último sobreviviente de un sistema político profundamente inestable, en el que la UCR jugaba el rol de ladero minoritario del PJ.
  • El peronismo no había resuelto la “sucesión” luego de la muerte de Perón, y había sido brutalmente vapuleado durante la dictadura militar, que se cobró a una generación entera de militantes de la izquierda del movimiento.
  • Los candidatos peronistas no lograban mostrar una imagen de condena al régimen militar saliente –y completamente devaluado en su capacidad para imponer agenda luego de la derrota de Malvinas y el descalabro económico. De hecho, el candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, Herminio Iglesias, presumía de sus contactos con el ala dura del ejército.

Y, fundamentalmente,

–     Tanto Alfonsín como toda la clase política podían plantear su condición de rupturistas al no haber participado de ningún modo de las tragedias de la dictadura militar. Pero, como se planteó antes, Alfonsín pudo capitalizar mejor esa posición. De hecho, el peronismo –al menos quienes detentaban las candidaturas más importantes– no podía escapar por completo de sus responsabilidades pasadas, habida cuenta del traumático tercer gobierno peronista, que terminó engendrando los llamados “decretos de aniquilamiento de la subversión”, rubricados por el mismísimo candidato a presidente del PJ.

La clase política actual no puede contar con la ventaja de ser completamente ajeno de los problemas que acarrea la democracia argentina. Los tres candidatos mayoritarios cuentan con un recorrido más o menos extenso en el cual han tenido mayores o menores responsabilidades en los problemas que hoy enfrenta el país.

Mauricio Macri: empresario, ligado al grupo SOCMA que fue uno de los principales beneficiados con el régimen de promoción industrial y licuación de la deuda privada de la dictadura militar, transformando al grupo en una de las corporaciones más poderosas del país para 1983, con fuerte capacidad de veto. Durante la profundización del modelo neoliberal en la década de los 90, Macri fue uno de los ganadores del proceso. ¿Hace falta recordar que, mientras los grupos de la economía más concentrada magnificaban sus ganancias, se multiplicaba la desocupación, el cierre de fábricas, el Estado se retiraba de la atención a la salud y a la educación?

Sergio Massa: militante de la UCeDe, el partido del ultradinosaurio liberal Álvaro Alsogaray, terminó reconvertido en nacional y popular cuando fue Jefe de Gabinete de Cristina Fernández de Kirchner durante casi un año. Después se dio cuenta de que estaba equivocado y ahora hace payasadas por la tele, esgrime una ignorancia alarmante sobre temas legales y constitucionales y cree que puede ser presidente con un discurso mal coacheado. Se recibió de abogado HACE MENOS DE DOS AÑOS.

Daniel Scioli: ya dije que es un personaje fascinante. Estuvo con todas las facciones del peronismo, desde que comenzó en la política en los años 90 de la mano de Carlos Menem. Fue menemista, duhaldista, kirchnerista. Y antes, también era parte de un conglomerado empresarial de fuerte enriquecimiento durante la dictadura y los 90. Gobierna hace casi 8 años una provincia con tremendos problemas estructurales, y sin embargo parece ser inmune a los balazos. Tiene la gran habilidad de no decir nada cuando habla. Y aún así ser votado.

En conclusión: los tres han contribuido, desde algún espacio, a la decadencia de la democracia. Tal vez allí resida la mayor dificultad que tienen en demostrarse rupturistas, fundadores de una nueva forma de hacer política. Los errores del kirchnerismo también son sus propios errores, por acción u omisión (en el caso de Macri y Massa, de su ineptitud como dirigentes opositores incapaces de articular una agenda). La estrategia de presentar un absoluto extrañamiento con el pasado reciente no les es tan redituable a estos candidatos como sí le fue a Alfonsín en 1983: el muy probable que el electorado, por debajo de los espejitos de colores, los carismas mal construidos, los debates playitos y la farandulización de todo, guarden en algún rincón de su subconsciente sus caras haciendo y diciendo exactamente lo contrario que hacen y dicen ahora.

«Sudestada»

No podía saberlo, Martínez. No podía saberlo mientras despacio jugueteaba con un palillo en la comisura de sus labios, mientras respiraba de a suspiros mirando el cielo violeta antes de la lluvia. Ni para él, ni para mí, ni para el resto del pueblo, que olía ya la tormenta en el aire, ese violeta era mal augurio. Inevitablemente tenso y algo alcoholizado, enseñando la proximidad constante de su violencia, apenas sonreía, siempre sonreía apenas, en su esquina, por debajo de su bigote finísimo, que jamás movía. Uniformado de impecable blanco, sus ojos inmaculados levantados, resplandeciendo pureza, al cielo, no podía saberlo. Colgaba de su cuello, inerte, la cruz de marfil. Peinado con gomina, la piel aceitunada y el único, imponente anillo con sus iniciales, ese anillo que, decían, era lo último que veían sus deudores en vida, personaje siniestro de las calles de este pueblo, de cara al viento anunciador, en la esquina, en su esquina habitual, Martínez, de quien era sabido era un proxeneta, no podía saber del error grosero que estaba a punto de cometer.

-María, la nueva… ¿es una de tus chicas?

Le dije y tragué saliva. Había juntado coraje, toda la valentía que, según era fama en los tugurios más cizañeros del pueblo, era indispensable para dirigirle la palabra. Había decidido, días atrás y frente a los compañeros habituales, en un compromiso temerario, hacerle la pregunta, hablarle de María, esa maja nueva en el pueblo, cuyos ojos negros eran ya el comentario obligado del prostíbulo, esa chica nueva que taconeaba tímida por los bajos, y averiguar si era una de sus mujeres, si se podía pagar un precio para poseerla, para dejar que esa mirada oscura se posara largamente en uno. Y yo tampoco, al acercarme y ver la sombra resplandeciente de Martínez crecer en su esquina, él quieto, yo acercándome y él naciendo, lentamente, en la esquina, yo tampoco podía saberlo. No movió los ojos enormes, no levantó sus cejas, ni siquiera la vena en su sien, ese río celeste que a todo el pueblo tanto le gustaba temer, se había hinchado. Su sangre estaba serena. Sólo movía nerviosamente el palillo en su boca, parecía saborear la madera efímera, una y otra vez, con la lengua, y masticarla, con lentos pero fuertes mordiscos, mirando el cielo que anunciaba la lluvia, oliendo el perfume del agua en el aire. Podría decirse que con ese gesto él esperaba tal vez ese último resbalón, o tal vez simplemente evitarlo, o tal vez que yo, que no podía saber que él iba a cometer ese error, no me apareciera por la esquina, por su esquina habitual, y catalizara ese gesto, tentara al destino de otro hombre. Tardó en contestar.

-No. Pero podemos hacer una cosa.

Me dijo y entonces sí me miró con sus ojos lechosos y enormes, siempre al borde de un llanto imposible. Inconsciente, cruel, ingenuo en su seguridad, en su experiencia, no sabía que esa moneda que tiró al aire para decidir quién intentaría seducirla, que el confiar en el azar, iba a ser su destino. Pretendía, pobre de él, hacer que María, la nueva, fuera una más entre sus mujeres, porque él era proxeneta y conocía a las damas, conocía sus olores y cómo movían su cuerpo al mentir. Esperaba que esa mujer, sin mayores dudas, se sometiera a la suerte dictada por el metal cayendo en la mano aceitunada de Martínez. Él no tenía idea, no podía saberlo, que lanzar una moneda al aire y decidir quién iba a seducirla, o él o yo, iba a ser el más grande descarrilamiento de los caminos que llevaban a su esquina, a su pueblo, a su respetable vida de proxeneta, a su misma vida. No se daba cuenta, pobre de él, que esa moneda en el aire perfumado de agua y azar, representaba en realidad un duelo, significaba la vida o la muerte.

-Cara, gano yo.

Me dijo y sonrió y yo sonreí, y él suspiró como estremeciendo sus entrañas.

-María es nueva en el pueblo, y eso se nota porque camina como tanteando las calles, porque mueve las caderas como virgen, porque no mira a los ojos.

Siguió diciendo Martínez, pobre de él. Nadie, ni él, ni yo, ni nadie conocía dónde estaba parando María, si es que estaba parando en algún lado; nadie, ni él, ni yo, ni nadie sabía si ella en realidad era una puta, o si estaba sólo de paso en un pueblo que la admiraba tímido; nadie, ni él, ni yo, ni nadie conocía su voz. Hablábamos de ella en las noches de prostíbulo, cuando la charla intrascendente ya se había agotado; de esa mujer de ojos peligrosos y andar puro, mezcla de adolescente en madurez y cuerpo de mujer lleno de cólera, y todo hombre del pueblo ansiaba probar su piel, por deseo o por respeto, y dejar que sus ojos de femenino misterio lo recorrieran largamente, por delirio o por veneración; yo también, Martínez también, pero además Martínez, que tenía buen olfato, olía el negocio.

La semana siguiente, llegó la tormenta. Bajo la lluvia y entre los vientos del sur, todos, yo también, desde los bares y desde los umbrales, a veces sencillamente siguiéndolos por la calle, o desde la plaza, cobijados de la lluvia, todos querían ser espectadores del despliegue de seducción profesional, de las sombras del proxeneta rey, pobre de él, tratando de conquistar a María. Hambriento y sin dejar de resplandecer, impecable, cristiano, Martínez, con lento caminar, fue acercando sus zapatos charolados a los empedrados del bajo, a los tacos crédulos de María, hasta que apenas la rozó con el saco blanco, posando la tela sobre sus hombros húmedos. Ella, que jamás había mirado a los ojos a ningún hombre del pueblo, sólo giró el cuello descubierto y sus vellos invisibles se erizaron al sentir la estampa. Al menos así se contó esa noche en el prostíbulo, donde nosotros, a partir de entonces, reuniríamos nuestras crónicas tomando caña y comentando las estrategias de Martínez.  Él, decían, decíamos los cronistas, creía ver su plan cristalizarse; él, pobre de él, estaba tranquilo mientras siguiera dando sus pasos donde así lo había establecido.

Vimos y comentamos, nosotros, al abrigo del clima indoportable, los intentos vanos, traducidos en pétalos de flor, en aromas de perfumes, en sonrisas, esas sonrisas que nosotros, que yo, que todos, conocíamos muy bien, esa sonrisa traicionera acompañada de sus ojos cargados de nada y terror. Apenas intentos para seducirla a ella, que a pesar de aceptar cada vez más regalos y más compañía, de que lentamente iba cubriéndose, noche a noche, con el saco blanco de Martínez, a pesar de ello, lo miraba con gran desconfianza, jamás a los ojos. Nosotros, que no éramos más que resentidos, odiábamos a Martínez como siempre,  y lo respetábamos como siempre y, por ser ignorantes de su error, como él mismo, lo envidiábamos por compartir un aura con María, por sentir su voz cerca de los oídos y por interpretar sus gestos y su sutil caminar.

Pero en el prostíbulo, entre ese murmullo, los comentarios dejaban entrever algo evidente: María, la nueva, aceptaba los regalos; María, la nueva, nunca lo miraba a los ojos; María, la nueva, y con justa razón, desconfiaba de él, era cada vez más arisca, se notaba. Y Martínez, claro, perdía la paciencia. Hizo lo imposible, pobre de él, por seducirla, y él, que sentía había fallado por primera vez, se apareció una noche en el prostíbulo y un silencio absoluto interrumpió el debate. Estaba derrotado. Había sido amable, algunos hasta decían que había querido acariciarla, sin éxito. Él, que sólo aceptaba ser vencido por Su Señor, decía, no pudo soportar que una mujer nueva en el pueblo, que se movía como tentando la lujuria, le dijera que no. Sus ojos blancos estaban fijos en un punto, sudaba, olía a alcohol, y su vena, la vena que al pueblo tanto le gustaba temer, estaba a punto de explotar. Respiraba agitado en el silencio súbito, no miraba a nadie, y ya había tomado la decisión que tantos suponíamos.

-La voy a matar.

Dijo, y nadie dijo nada, como si estuviéramos de acuerdo. Fue sólo un anuncio en el silencio del prostíbulo, bajo el murmullo de la tormenta. No fue un comentario a sus amigos, si es que alguien, en el prostíbulo, podía decirse su amigo, ni un pedido de opinión, quién sabe, tal vez a mí. No. Fue un anuncio, una manera de dejar constancia. Y así como irrumpió esa noche, mojado por la lluvia y la transpiración, desapareció. Nosotros, caña tras caña, nos quedamos en silencio, saboreando secretamente, sin mirarnos, la derrota de Martínez. Alguien tuvo la idea, alguien tomó la obvia resolución de seguirlo a distancia prudente, pues, algún pálpito lo delataba, podía suceder esa noche: esa lluvia podía transformarse en sangre.

Discutían. Frente a todo el pueblo, que se escondía, que espiaba, discutían. Él la sostenía con desprecio por un brazo, le clavaba las uñas en la piel blanca dejándole marcas. Ella, por primera vez, lo miraba a los ojos y seguramente, por primera vez, se daba cuenta de que él, Martínez, no tenía iris sino una siniestra mirada blanca. Ella, por miedo y delante de un pueblo mudo, delante nuestro, que habíamos escuchado la sentencia inmutables, lloraba nerviosa, y con una voz suave y poco firme le pedía que la soltara. Martínez la arrastró por las calles cómplices del bajo, hacia una casita escondida. El pueblo los siguió casi sosteniendo el aliento, como quien observa una terrible escena teatral, cuando doblaron las ochavas y sólo esperó a que la puerta se cerrara, para comentar, por lo bajo, los lamentos tenues de María, el pánicor en sus ojos, la fuerza y desesperación de ese hombre, derrotado, su vena hinchada, azul profundo, y esperó la resolución.

No hubiera podido saberlo, Martínez. No hubiera podido saber que ella saldría antes que él de la pensión, y que lo abandonaría a su suerte; Martínez, que era tan seguro y, por ser proxeneta, tenía con qué. Yo mismo, yo, que no pude haber sabido jamás que esa moneda en el aire,  ese pedacito de metal jugando con el perfume del agua iba a ser su último gran error, la vi salir y desaparecer, llorando, corriendo, para siempre, por una calle, manchada de rojo, con sólo un taco, con la falda a medio subir o a medio bajar. Se habían escuchado gritos entre la lluvia, se habían escuchado golpes entre los murmullos de quienes, desde afuera, esperábamos la salida de Martínez entre comentarios estúpidos y oliendo, sin admitirlo, la muerte. Martínez no salió. Alguien, esa noche de tormenta indomable, después de que María desapareciera, pegó un grito y llamó al comisario. Cuando llegó y abrió las celosías de par en par, al viento y a la lluvia, cuando llegó, yo mismo, yo, que jamás pude saber, como él tampoco pudo, que esa moneda en el aire era en realidad un duelo, un duelo entre él y él mismo, y que se mató en ese preciso momento, delante de mí; yo, todos, vimos su cadáver, abierto de brazos mirando el cielorraso, tal vez sin creer en su muerte, desnudo. Hinchadísima, al borde de la explosión, estaba su vena ahora azul negriza. Con un cuchillo clavado firmemente en su pecho, inmóvil, ahí estaba, mientras todo el pueblo, empapado, entraba a la casita como en lenta pero firme procesión para ver el espectáculo, y oler el alcohol en su piel marchita, notar la cara de asombro de Martínez que, con sus ojos blanquecinos, resplandeciendo sangre, sangre que no paraba de brotar, miraba el cielorraso, al cielo más allá, muerto, yo vivo, perdido él, seguramente, en una nube negra de la que no iba a poder volver.